domingo, 17 de agosto de 2014

Charles Mingus V


Luchaba en todos los frentes que podía para liberarse de las garras de la sociedad estatal de participaciones llamada América. Quería ser dueño de los medios de producción, de su producción. Montó su propia discográfica y organizó una alternativa rebelde al festival oficial de Newport (recorrió la ciudad en coche con un megáfono tratando de captar asistentes como si les pidiera el voto para Mingus). Quería un club propio; un local donde pudiera tocar música de baile; una escuela de música, artes y gimnasia. Nunca tenía bastante. Convencido de que le estaban robando hasta la camisa, decidió vender sus discos solo por correo... y casi lo procesan por robar a los demás: los clientes mandaban los cheques, esperaban unos discos que nunca llegaban y luego escribían preguntando qué pasaba, sumándose así al caos de las Empresas Charles Mingus. No estaba hecho para ser un emprendedor: era la clase de hombre que cuando respondía al teléfono volcaba la taza de café de la mesa dentro de un cajón abierto, con lo que se aseguraba no solo de destruir los documentos que contuviera el cajón, sino de que lo primero que escuchara el que llamaba no fuera una voz amable diciendo «Hola, ¿en qué puedo ayudarle?», sino a Mingus chillando: «¡Mierda!». Hablar por teléfono le abría el apetito, de modo que negociaba con la boca llena de comida, llevando regularmente una mano al paquete de patatas fritas y embutiéndose algunas más entre las fauces repletas, cubriendo el auricular de migas y haciendo que la conversación, como una radio mal sintonizada, a menudo se perdiera entre interferencias mascadas. De todas maneras lo esencial de lo que estaba diciendo quedaba perfectamente claro; para Mingus negociar equivalía a bramar «Blanco apestoso de mierda, será mejor que te andes con cuidado porque voy a dejarte fino» antes de aplastar el teléfono al colgar. A los pocos segundos volvía a descolgar, y como oía un quejido moribundo en lugar del tono de línea que quería, estampaba el teléfono contra una pared, gruñendo con satisfacción pasajera.     
Destrozaba las cosas tan rápido como las acumulaba. Por todo Nueva York quedaban restos de cosas que había roto y cuyo valor se multiplicaba por estar medio en ruinas. Una noche en el Vanguard exigió que Max Gordon le pagara en el acto. No había dinero, así que Mingus tuvo que conformarse con amenazarle con una navaja y romper unas cuantas botellas contra el suelo como un poli de la época de la prohibición ante un alijo de licor ilegal. Mientras buscaba algo más para romper, atravesó una lámpara con el puño. La llamaron la lámpara Mingus y la dejaron tal cual, como curiosidad para los turistas. Era el rey Midas de la destrucción: todo lo que destrozaba se convertía en leyenda.     
En Alemania arrasó con todo, rompió puertas, micrófonos, equipos de grabación y cámaras en hoteles y salas de conciertos por igual: en protesta por la hospitalidad nazi con la que según él recibían al grupo dondequiera que tocase. Mingus y el resto del grupo volvieron a casa, pero Eric Dolphy se quedó a dar unos conciertos solo. Cuando murió en Berlín, rodeado de gente que ni siquiera sabía quién era, Mingus tuvo la impresión de que todas las crueldades y las injusticias de la historia de la música habían convergido en el dulce y amable Eric. El jazz era una maldición, una amenaza que se cernía sobre cualquiera que lo tocara. Él había escrito «Son Long, Eric» a modo de despedida y ahora se había convertido en un réquiem.

Geoff Dyer - But beutiful

10 comentarios:

Juan Nadie dijo...

Menuda joyita el amigo Mingus. Se lo perdonaremos por lo que hizo y porque ya no está.

Gatopardo dijo...

Pelín excesivo.

marian dijo...

Pelón...
Pero qué temazo temazo el de hoy (para la "cole")

Gatopardo dijo...

A apañar tocan...

carlos perrotti dijo...

Inmensidad de ira, dijiste la vez pasada? Un genio que vivía como un tigre acorralado...

Gatopardo dijo...

Imagínate a un genio tratado como un ser inferior por el mero hecho de ser negro...

carlos perrotti dijo...

Yo estoy de parte de los tigres acorralados, de todas maneras...

Gatopardo dijo...

Eso, ante todo.

marian dijo...

Bueno, no es por llevaros la contraria, pero tengo la impresión de que su "peculiar" carácter sería el mismo con otras circunstancias más favorables.

Gatopardo dijo...

Pudiera ser, lo más seguro es que quién sabe...