domingo, 28 de septiembre de 2014

Fats

Fats Waller - Fotografía: LIFE


Fats

Escribió su primera canción, "Squeeze me", a los catorce años. El pianista James P. Johnson, que le enseñó a usar su mano izquierda y a tocar el órgano, diría de él: "Algunas personas llevan música dentro, pero el fue todo música, y ya sabéis lo voluminoso que era"(...).
Durante la década de los veinte acompañó a muchos cantantes de blues, entre ellos la gran Bessie Smith. Aunque solía llevar una despreocupada máscara de payaso feliz, la música significaba para él mucho más que una manera de pasarlo bien. Compositor excelente, conocía a fondo los clásicos y sentía un intenso amor por Bach. Su velocidad como compositor era legendaria. Se dice que escribió los seis movimientos de su "London Suite", una obra mundialmente admirada, en una hora, y su genial "Jitterburg Waltz" en sólo dice minutos.
Ayudó a pianistas prometedores, e instruyó a Count Basie en los misterios del órgano con la misma generosidad con que Johnson le había tratado a él.
Impulsado por un extraño deseo, siempre bebió, creó y comió en exceso. No era raro, por ejemplo, que desayunase veinte huevos con bacon, ni que un día se regalase con treinta hamburguesas. Murió a los treinta y nueve años en un tren que le conducía al Este, pero su música permanece como un recordatorio de la enorme e intensa felicidad que puede proporcionarnos el jazz.

VIcente Muñoz Puelles - El Jazz Ritmo, técnica, improvisación

Nostalgia

Yo le había hablado de las retrospectivas de cine mudo a las que -antes de descubrir el fascinante ritual de los westerns- había sido tan aficionado durante mi adolescencia, en las que un pianista, sentado junto a la pantalla, comentaba la película con ritmo de jazz, y de cuánto añoraba este tipo de música. Pero no esperaba que se acordase y, cuando puso un disco, me sobresalté al reconocer una vieja balada de Fats Waller. Antes de que pudiera advertirlo estaba bailando con Gertrude y apreciando de cerca las minuciosas ondulaciones de su cabello, la solidez de sus hombros y la blancura mate de su piel. Llevaba un vestido negro de escote redondeado y unos pendientes alargados como estalactitas. Sentí como si mi yo diverso y a veces antagónico, preservado a costa de tantos esfuerzos e inhibiciones, estuviera a punto de desmoronarse.
Cuarenta años después de muerto, Fats Waller se acompañaba al piano y se desdoblaba, cantando con absurda alegría: "Voy a sentarme ahora mismo y escribir una carta, para imaginar que procede de ti".

Víctor Muñoz Puelles - Huellas en la nieve

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Canción de muerte


Canción de muerte

Ida cantaba:

Dale a mamá mis ropas,
dale a Betty mi anillo de diamante.
Mañana es viernes,
el día en que me van a ahorcar.

Ella y los músicos empezaban a disfrutar mutuamente mientras se lanzaban a través de aquella canción de codicia, traición y muerte; e Ida había creado en la sala una atmósfera y una excitación nuevas. Incluso el calor parecía más tolerable. Los músicos tocaban para ella como si fuera una vieja amiga que había vuelto y el orgullo que les inspiraba restablecía el orgullo por ellos mismos.

El número terminó e Ida descendió del tablado sudorosa y triunfante, mientras los aplausos estallaban como espuma alrededor de sus oídos.

James Baldwin - Otro país

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Tenía el cabello rojizo

Lauren Bacall


Atmósfera

Me interné en la suave y purpúrea penumbra del bar. Los vasos tintineaban débilmente. Se oían murmullos, notas  de un piano que se encontraba en una esquina y una vi cantando "My Little Buckeroo" en un tono tan confidencial como el de un barman mezclando un cóctel.
Poco a poco comencé a ver el lugar. Había bastante gente, aunque no estaba lleno. Un hombre rió estrepitosamente y el pianista expresó su desagrado recorriendo el teclado con el pulgar.
Descubrí una mesa vacía y me senté contra una de las paredes acolchadas. La luz se hizo cada vez más brillante. Hasta podía ver a la cantante. Temía el cabello rojizo y con bucles.

Raymond Chandler - Bay City Blues


domingo, 14 de septiembre de 2014

La inocencia del saxofonista

Saxo de Archie Shepp


La inocencia del saxofonista

-    Si -admitió Ego-. Ahora que lo pienso, los dos hombres eran bastante parecidos: pálidos, de cabello oscuro, con bigotes caídos como los míos, la boca débil y una nariz prominente. Sí, comprendo. ¿Ha estado la policía en la habitación de Baufstein?
-    Sí, y encontraron una carta de Wilkins en la cual invitaba a su primo a visitarlo en Wilkins Hall el mismo día en que Baufstein apareció muerto. Este detalle les convenció de la veracidad del relato de Wilkins.
-    Comprendo, señor -dijo Ego-. Los dos tocaban el saxofón. Usted no cree que sea un caso de asesinato, pero es una historia muy extraña. ¡El saxofón! ¡Es una pista atractiva! ¿No cree que es un instrumento que tiene mucho de humano? Tiene un sonido que a veces suena como sollozos o lamentos, aunque en otros momentos parece una carcajada. Cuesta imaginarse a un intérprete de saxofón cometiendo un asesinato. Si se tratase de un batería… ¡Sería algo muy distinto!

G. R. Malloch - Solo de saxofón

miércoles, 10 de septiembre de 2014

¿Me amas?

Dexter Gordon Fotografía: Herman Leonard


¿Me amas?
Siete meses antes, toda una vida, había tocado por última vez en uno de los nuevos clubs nocturnos de Harlem, donde el administrador y propietario era un negro. (...)
Había movimiento en el escenario y Rufo estaba un poco achispado. Se sentía grande. Y durante el último número se animó doblemente porque el saxofonista, que había estado ausente toda la noche, tocó un solo terrible.Era un muchacho de aproximadamente la misma edad de Rufo, proveniente de algún manicomio como Jersey City o Syracuse, aunque de acuerdo con lo que había descubierto sabía decir cosas con el saxofón. Y tenía muchas cosas que decir. Estaba allí, con las piernas abiertas, soplando, llenando de aire el barril del pecho, temblando en los harapos de sus veintitantos años y gritando con su instrumento: "¿Me amas? ¿Me amas? ¿Me amas?", y otra vez: "¿Me amas? ¿Me amas?". De todos modos, esta era la pregunta que oía Rufo, la misma frase repetida insoportable e interminablemente, con toda la fuerza que tenía el muchacho. El silencio de los oyentes se hizo más profundo, y al mismo tiempo que la atención se concentraba bruscamente se apagaron los cigarrillos, las bebidas quedaron sobre las mesas y en todos los rostros, hasta en los más estragados, apareció una luz extraña y cautelosa. Los atacaba el saxofonista, quién quizás ya no deseaba su amor y les lanzaba su ultraje con el mismo orgullo desdeñoso y pagano con que tocaba su instrumento. Y, sin embargo, la pregunta era terrible y real; el muchacho expelía soplando con sus pulmones y entrañas su propio breve pasado. En alguna parte de ese pasado, en las peleas callejeras entre pandillas, en la habitación de color acre, en la sábana endurecida por el esperma, después de la marihuana o de la jeringa, bajo el olor de orines en el sótano del barrio, había recibido el golpe del que nunca se había repuesto, y eso nadie quería creerlo. ¿Me amas? ¿Me amas? ¿Me amas?

James Baldwin - Otro país